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jueves, 10 de noviembre de 2016

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SOMOS SIMPLES SERVIDORES, NO HEMOS HECHO MÁS QUE CUMPLIR CON NUESTRO DEBER Imprimir E-Mail
martes, 08 de noviembre de 2016

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Evangelio: Lucas, 17, 7-10

 

Jesús dijo a sus discípulos supongamos que uno de ustedes tiene un servidor para arar o cuidar el ganado. Cuando este regresa del campo, ¿acaso le dirá: “Ven pronto y siéntate a la mesa”? ¿No le dirá más bien: “Prepárame la cena y recógete la túnica para servirme hasta que yo haya comido y bebido, y tú comerás y beberás después”? ¿Deberá mostrarse agradecido con el servidor porque hizo lo que se le mandó? Así también ustedes, cuando hayan hecho todo lo que se les mande, digan: “Somos simples servidores, no hemos hecho más que cumplir con nuestro deber”».

 

ORATIO

 

Señor, he intentado construir una comunión basada en la rectitud, porque tenía hambre de una rectitud consumada en comunión, pero he oído que me decían: “¡Siervo inútil!”

Señor, he obrado con valor y con la parte más transparente de mí mismo, sin buscar componendas, pero las consecuencias han atemorizado a quienes no ven todo lo irredento que hay en su poder. Y de la muchedumbre ha salido el grito: «¡Siervo inútil!».

Señor, tengo muchos deseos de oír que hay necesidad de mí, porque la vida no me ha reclamado todavía todo, pero me encuentro abandonado y solo: « ¡Siervo inútil!».

Y tú me dices: «Ten fe, has hecho lo que debías».

 

Mons. Salvador Cisneros

Parroquia Santa Teresa de Ávila

 

 
Jubileo de los presos Imprimir E-Mail
lunes, 07 de noviembre de 2016

JUBILEO EXTRAORDINARIO DE LA MISERICORDIA

 

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HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO

 

Basílica Vaticana

 

Domingo 6 de noviembre de 2016


El mensaje que la Palabra de Dios quiere comunicarnos hoy es ciertamente de esperanza, de esa esperanza que no defrauda. Uno de los siete hermanos condenados a muerte por el rey Antíoco Epífanes dice: «Dios mismo nos resucitará» (2M7,14). Estas palabras manifiestan la fe de aquellos mártires que, no obstante los sufrimientos y las torturas, tienen la fuerza para mirar más allá. Una fe que, mientras reconoce en Dios la fuente de la esperanza, muestra el deseo de alcanzar una vida nueva.

 

Del mismo modo, en el Evangelio, hemos escuchado cómo Jesús con una respuesta sencilla pero perfecta elimina toda la casuística banal que los saduceos le habían presentado. Su expresión: «No es Dios de muertos, sino de vivos: porque para él todos están vivos» (Lc 20,38), revela el verdadero rostro del Padre, que desea sólo la vida de todos sus hijos. La esperanza de renacer a una vida nueva, por tanto, es lo que estamos llamados a asumir para ser fieles a la enseñanza de Jesús.

 

La esperanza es don de Dios. Debemos pedirla. Está ubicada en lo más profundo del corazón de cada persona para que pueda iluminar con su luz el presente, muchas veces turbado y ofuscado por tantas situaciones que conllevan tristeza y dolor. Tenemos necesidad de fortalecer cada vez más las raíces de nuestra esperanza, para que puedan dar fruto. En primer lugar, la certeza de la presencia y de la compasión de Dios, no obstante el mal que hemos cometido. No existe lugar en nuestro corazón que no pueda ser alcanzado por el amor de Dios. Donde hay una persona que se ha equivocado, allí se hace presente con más fuerza la misericordia del Padre, para suscitar arrepentimiento, perdón, reconciliación, paz.

 

Hoy celebramos el Jubileo de la Misericordia para vosotros y con vosotros, hermanos y hermanas reclusos. Y es con esta expresión de amor de Dios, la misericordia, que sentimos la necesidad de confrontarnos. Ciertamente, la falta de respeto por la ley conlleva la condena, y la privación de libertad es la forma más dura de descontar una pena, porque toca la persona en su núcleo más íntimo. Y todavía así, la esperanza no puede perderse. Una cosa es lo que merecemos por el mal que hicimos, y otra cosa distinta es el «respiro» de la esperanza, que no puede sofocarlo nada ni nadie. Nuestro corazón siempre espera el bien; se lo debemos a la misericordia con la que Dios nos sale al encuentro sin abandonarnos jamás (cf. san Agustín, Sermo 254,1).

 

En la carta a los Romanos, el apóstol Pablo habla de Dios como del «Dios de la esperanza» (Rm 15,13). Es como si nos quisiera decir también a nosotros que también Dios espera; y por paradójico que pueda parecer, es así: Dios espera. Su misericordia no lo deja tranquilo. Es como el Padre de la parábola, que espera siempre el regreso del hijo que se ha equivocado (cf. Lc 15,11-32). No existe tregua ni reposo para Dios hasta que no ha encontrado la oveja descarriada (cf. Lc 15,5). Por tanto, si Dios espera, entonces la esperanza no se le puede quitar a nadie, porque es la fuerza para seguir adelante; la tensión hacia el futuro para transformar la vida; el estímulo para el mañana, de modo que el amor con el que, a pesar de todo, nos ama, pueda ser un nuevo camino… En definitiva, la esperanza es la prueba interior de la fuerza de la misericordia de Dios, que nos pide mirar hacia adelante y vencer la atracción hacia el mal y el pecado con la fe y la confianza en él.

 

Queridos reclusos, es el día de vuestro Jubileo. Que hoy, ante el Señor, vuestra esperanza se encienda. El Jubileo, por su misma naturaleza, lleva consigo el anuncio de la liberación (cf. Lv 25,39-46). No depende de mí poderla conceder, pero suscitar el deseo de la verdadera libertad en cada uno de vosotros es una tarea a la que la Iglesia no puede renunciar. A veces, una cierta hipocresía lleva a ver sólo en vosotros personas que se han equivocado, para las que el único camino es la cárcel. Os digo: cada vez que entro en una cárcel, me pregunto: «¿Por qué ellos y no yo?». Todos tenemos la posibilidad de equivocarnos: todos. De una manera u otra, nos hemos equivocado. Y la hipocresía hace que no se piense en la posibilidad de cambiar de vida, hay poca confianza en la rehabilitación, en la reinserción en la sociedad. Pero de este modo se olvida que todos somos pecadores y, muchas veces, somos prisioneros sin darnos cuenta. Cuando se permanece encerrados en los propios prejuicios, o se es esclavo de los ídolos de un falso bienestar, cuando uno se mueve dentro de esquemas ideológicos o absolutiza leyes de mercado que aplastan a las personas, en realidad no se hace otra cosa que estar entre las estrechas paredes de la celda del individualismo y de la autosuficiencia, privados de la verdad que genera la libertad. Y señalar con el dedo a quien se ha equivocado no puede ser una excusa para esconder las propias contradicciones.

 

Sabemos que ante Dios nadie puede considerarse justo (cf. Rm 2,1-11). Pero nadie puede vivir sin la certeza de encontrar el perdón. El ladrón arrepentido, crucificado junto a Jesús, lo ha acompañado en el paraíso (cf. Lc 23,43). Ninguno de vosotros, por tanto, se encierre en el pasado. La historia pasada, aunque lo quisiéramos, no puede ser escrita de nuevo. Pero la historia que inicia hoy, y que mira al futuro, está todavía sin escribir, con la gracia de Dios y con vuestra responsabilidad personal. Aprendiendo de los errores del pasado, se puede abrir un nuevo capítulo de la vida. No caigamos en la tentación de pensar que no podemos ser perdonados. Ante cualquier cosa, pequeña o grande, que nos reproche el corazón, sólo debemos poner nuestra confianza en su misericordia, pues «Dios es mayor que nuestro corazón» (1Jn 3,20).

 

La fe, incluso si es pequeña como un grano de mostaza, es capaz de mover montañas (cf. Mt 17,20). Cuantas veces la fuerza de la fe ha permitido pronunciar la palabra perdón en condiciones humanamente imposibles. Personas que han padecido violencias o abusos en sí mismas o en sus seres queridos o en sus bienes. Sólo la fuerza de Dios, la misericordia, puede curar ciertas heridas. Y donde se responde a la violencia con el perdón, allí también el amor que derrota toda forma de mal puede conquistar el corazón de quien se ha equivocado. Y así, entre las víctimas y entre los culpables, Dios suscita auténticos testimonios y obreros de la misericordia.

 

Hoy veneramos a la Virgen María en esta imagen que la representa como una Madre que tiene en sus brazos a Jesús con una cadena rota, las cadenas de la esclavitud y de la prisión. Que ella dirija a cada uno de vosotros su mirada materna, haga surgir de vuestro corazón la fuerza de la esperanza para vivir una vida nueva y digna en plena libertad y en el servicio del prójimo.

 

 
AUMÉNTANOS LA FE Imprimir E-Mail
lunes, 07 de noviembre de 2016

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Evangelio: Lucas, 17, 1-6

 

Después dijo a sus discípulos: «Es inevitable que haya escándalos, pero ¡ay de aquel que los ocasiona!  Más le valdría que le ataran al cuello una piedra de moler y lo precipitaran al mar, antes que escandalizar a uno de estos pequeños. Por lo tanto, ¡tengan cuidado!

Si tu hermano peca, repréndelo, y si se arrepiente, perdónalo.  Y si peca siete veces al día contra ti, y otras tantas vuelve a ti, diciendo: “Me arrepiento”, perdónalo».

Los Apóstoles dijeron al Señor: «Auméntanos la fe». Él respondió: «Si ustedes tuvieran fe del tamaño de un grano de mostaza, y dijeran a esa morera que está ahí: “Arráncate de raíz y plántate en el mar”, ella les obedecería.

 

ORATIO

 

Dios, Padre nuestro, concédenos a tus hijos:

 

pastores firmes en la fe para difundir tu verdad;

sacerdotes de manos inocentes después de sus obras;

presbíteros con un corazón puro que no pronun­cia mentira;

responsables capaces de servir y de suscitar ini­ciativas;

líderes determinados a convencer más que a vencer;

maestros dedicados al bien común y no al suyo propio;

jefes libres de protagonismo y atentos a tu Reino;

autoridades animosas a la hora de romper surcos de costumbres;

guías fuertes a la hora de afrontar riesgos, juicios, infidelidades, soledad.

 

En pocas palabras: no «Prometeos», sino personas que se esfuerzan en dar testimonio de ti y en represen­tarte.

 

 

Mons. Salvador Cisneros

Parroquia Santa Teresa de Ávila

 

 
Apoyemos a nuestros hermanos migrantes con chamarras Imprimir E-Mail
viernes, 04 de noviembre de 2016

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"Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo". (Mateo 25, 40).

 

          La Pastoral de la Movilidad Humana, que coordina el Pbro. José Lamberto Rosas, y Cáritas, que coordina el Pbro. Mario Heredia Mata, invitan a la comunidad católica y personas de buena voluntad a unirse a la campaña de apoyo a nuestros hermanos migrantes, que han llegado y siguen llagando a nuestro Estado.

          Los decanatos que están siendo invitados para donar chamarras, gorros, bufandas y guantes son: 3, 9 y 11.

Las parroquias del Decanato 3 son:

P. San Juan de los Lagos.

P. Medalla Milagrosa.

P. Santa Cecilia.

P. Divino Rostro.

P. Santa María Reina.

P. San Miguel Arcángel.

P. María madre de Dios.

 

Las parroquias del Decanato 9 son:

P. Nuestra Señora de la Asunción.

P. Santiago Apóstol.

P. Santa Teresita y Nuestra Señora de Guadalupe, “Monte María”

P. San Ramón Nonnato.

P. Nuestra Señora de Lourdes.

P. Nuestra Señora de los Dolores.

P. San Juan Evangelista.

P. San Francisco Javier.

 

Las parroquias del Decanato 11 son:

P. San Martín Caballero.

P. Nuestra Señora de Guadalupe reina de México.

P. San Benito Abad.

P. San José Obrero.

P. Ascención del Señor.

P. Conversión de San Pablo.

 

 

         

 

 

 
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