Conferencia del Episcopado Mexicano

Carta Pastoral

Del encuentro con Jesucristo a la solidaridad con todos

El encuentro con Jesucristo,
camino de conversión, comunión,
solidaridad y misión en México
en el umbral del tercer milenio


Copyright 2000: Conferencia del Episcopado Mexicano
http://segecem.cem.org.mx

ÍNDICE GENERAL 

Parte I: El encuentro con Jesucristo en los orígenes, conformación y futuro de nuestra Nación
Parte II: Del encuentro con Jesucristo a la conversión, la comunión eclesial, el diálogo y el servicio evangélico al mundo
Sección I: Cómo vivir e integrar mejor un proceso evangelizador y catequético que fortalezca la conversión [95-125]
Sección II: Cómo vivir la comunión con Cristo y con los hermanos a través de una experiencia eclesial más profunda [126-182]
Sección III: Cómo vivir, como Iglesia misionera, una apertura al diálogo ecuménico e interreligioso y al diálogo y servicio evangélico al mundo, especialmente a los más pobres [183-222]
Parte III: Del encuentro con Jesucristo a la solidaridad como respuesta a los desafíos de la Nación
Sección I: El Estado y la Nación [234-305]
Sección II: El desarrollo integral fundado en la justicia social [306-352]
Sección III: La educación como camino para la construcción de una cultura democrática [353-426]

Índice

Presentación
Introducción [1-11]
Parte I 
El encuentro con Jesucristo en los orígenes, conformación y futuro de nuestra Nación
Las semillas del Verbo y la integración de culturas en el acontecimiento guadalupano [13-20]
La etapa colonial [21-27]
La racionalidad moderna a favor de la independencia y la libertad políticas [28-30]
El dilema de la identidad [31-34]
Una "primera mirada" a nuestra historia durante el siglo XX [35-37]
Marginación de la Iglesia a la esfera privada [38-39]
La difícil etapa de la "simulación forzada" [40-42]
Logros y reivindicaciones a partir de la mitad del siglo veinte [43-48]
México ante sus desafíos internos y el proceso creciente de globalización [49-52]
La "primacía" de la macroeconomía [53-54]
Crisis del papel social del Estado y deterioro de la economía interna [55-56].
La pobreza y la violencia [57-62]
Tratando de comprender los "nuevos signos de los tiempos" [63-67]
El servicio que la Iglesia puede prestar ante los desafíos que vive nuestra Nación [68-72].
Importancia de la memoria histórica [73-77]
Año de Gracia, del perdón y de la reconciliación [78-84]
Todos llamados a redescubrirnos y a comprender los nuevos desafíos [85-92]

Parte II 
Del encuentro con Jesucristo a la conversión, la comunión eclesial, el diálogo y el servicio evangélico al mundo
Introducción [93-94].
Sección I: Cómo vivir e integrar mejor un proceso evangelizador y catequético que fortalezca la conversión [95-125].
CONTEMPLACION A LA LUZ DE LA FE
La Iglesia de Cristo continuadora de la Historia de Salvación [95-99].
Evangelizar siempre, a todos y en todas partes [100-103].

RECONOCIMIENTO DE LA SITUACIÓN ACTUAL
Frutos positivos y esperanzadores [104-106].
Los problemas, las dificultades y las deficiencias actuales [107-109]

PLANTEAMIENTOS DE DESAFÍOS PASTORALES
Los desafíos a los que debemos responder [110-111].
La atención prioritaria a los católicos [112-113]
Fortalecer los espacios institucionales [114]
Mejorar las propuestas de evangelización [115-116].
Desarrollar nuevas propuestas evangelizadoras y catequéticas [117].
Actitudes que necesitamos cambiar para una mejor formación [118]
El encuentro con Cristo conduce a la conversión [119-125].


Sección II: Cómo vivir la comunión con Cristo y con los hermanos a través de una experiencia eclesial más profunda [126-182].
CONTEMPLACIÓN A LA LUZ DE LA FE
Vivir una eclesiología de comunión [126-132]
Vivir el misterio de la Iglesia universal en la Iglesia particular [133-135]

RECONOCIMIENTO DE LA SITUACIÓN ACTUAL
Nuestra realidad eclesial [136-139]
La pluriformidad y la diversidad, elementos constitutivos de la comunión eclesial [140-142].
Construir la comunión en la unidad y la diversidad a través de diversos ministerios [143-150].
Una Iglesia que crece en sus dimensiones americanas [151-155].
Las dificultades más sobresalientes [156-166].

PLANTEAMIENTO DE LOS DESAFÍOS PASTORALES[167-171].
La parroquia, lugar privilegiado de la experiencia concreta de la Iglesia [172-177].
Otras expresiones fundamentales de la comunidad [178-179]
Nuevas actitudes y conductas hacia algunos miembros de la Comunidad eclesial [180-182]


Sección III: Cómo vivir, como Iglesia misionera, una apertura al diálogo ecuménico e interreligioso y al diálogo y servicio evangélico al mundo, especialmente a los más pobres [183-222]
CONTEMPLACIÓN A LA LUZ DE LA FE
Una Iglesia misionera [183-187]

RECONOCIMIENTO DE LA SITUACIÓN ACTUAL
La situación actual y los desafíos más urgentes [188-191].

PLANTEAMIENTO DE LOS DESAFÍOS PASTORALES
Una Iglesia con propuesta ecuménica [192-195].
Una Iglesia que contribuye a la construcción de la cultura [196-199]
Una Iglesia que reconoce en el nuevo escenario una oportunidad para el anuncio de Jesucristo vivo [200-208].
Una Iglesia solidaria que sirve a todos [209-210]
Una Iglesia que afirma la comunión y la solidaridad [211-222]


Parte III 
Del encuentro con Jesucristo a la solidaridad como respuesta a los desafíos de la Nación
Introducción [223-232]
Propósito central de la tercera parte [233].

Sección I: El Estado y la Nación [234-305].
Nuevo marco de convivencia enraizado en el origen de la Nación [235-238].
El pueblo, la Nación y el Estado [239-245]
El pueblo mexicano ante los cambios [246-250]
El sistema político mexicano en transición [251-256]
Posibilidad de una regresión autoritaria [257-262].
Una cultura de la legalidad y de la justicia [263-265].
La Iglesia al servicio de la reconciliación social [266-267]
Colaborar a un nuevo proyecto al servicio de la Nación [268-269]
El papel de los fieles laicos [270-273]
Fieles laicos, estado de derecho y tolerancia [274-276]
Fieles laicos, "laicidad del Estado" y libertad religiosa [277-282].
Estado, derecho a la vida y responsabilidad de los fieles laicos [283-284]
La libertad política de los fieles laicos [285-287]
Contribuir todos al bien de México [288-303]
Trabajar al servicio de la Nación [304-305].

Sección II: El desarrollo integral fundado en la justicia social [306-352]
Una vida digna para todos [307-310].
El desarrollo: tarea de todos [311]
El desarrollo es justicia social [312-314]
El trabajo: clave de la cuestión social [315-317].
Trabajo, familia y Nación [318-319].
Crecimiento demográfico y desarrollo [320-322].
Una visión diferenciada de la economía de mercado [323-330].
Crecimiento económico no equivale a desarrollo [331-332].
Crear modelos económicos solidarios [333-334].
Retos relevantes para una economía que busque contribuir al desarrollo del pueblo [335-352]

Sección III: La educación como camino para la construcción de una cultura democrática [353-426]
La cultura y la educación [355-360]
La democracia como fenómeno cultural [361-366].
Fortaleza y debilidad de nuestra cultura nacional [367-370].
Espacios creadores de cultura [371-396].
Algunos actores relevantes en la construcción de una cultura democrática [397-426].

Conclusión [427-434].

Glosario mínimo

 
 
 


Presentación







En el marco de las celebraciones del Gran Jubileo de la Encarnación y como una necesaria proyección de la Exhortación Apostólica Ecclesia in America, los Obispos de México hemos querido elaborar un documento orientador para nuestro pueblo en este momento en que todos atravesamos el umbral del tercer milenio.
 

Ante los desafíos que enfrenta la Nación y la Iglesia, los Obispos de la Iglesia católica en México sentimos la necesidad de decir, desde la misión espiritual y moral que nos es propia, nuestra palabra de Pastores a todos nuestros hermanos y hermanas mexicanos.
 

Sentimos el apremio pastoral de hablar para dar razón de nuestra fe y esperanza, ofrecer certezas en un tiempo de confusiones y enriquecer la reflexión y acción de los hombres y mujeres de buena voluntad. Queremos servir a México con la fuerza de Cristo, apoyados en nuestra colegialidad episcopal y en la comunión con el Papa Juan Pablo II, Sucesor de Pedro.
 

Lo hacemos en consonancia con el objetivo de nuestro Proyecto pastoral 1996-2000 titulado Jesucristo, Vida y Esperanza de México. En él nos marcamos como objetivo para este período: proclamar a Jesucristo, Vida y Esperanza de México, comprometiéndonos a trabajar en el espíritu de la Nueva Evangelización y del Jubileo del Año 2000 por una Iglesia más evangelizada y misionera, una sociedad mexicana más justa y solidaria y una cultura de la vida y de la esperanza.

El título de la Carta Pastoral Del encuentro con Jesucristo a la solidaridad con todos, junto con el subtítulo que lo acompaña: El Encuentro con Jesucristo, camino de conversión, comunión, solidaridad y misión en México en el Umbral del tercer Milenio, expresan la idea central de nuestra reflexión.
 

Estamos convencidos y tenemos la firme esperanza de que el encuentro con Jesucristo vivo, presente entre nosotros, en la historia y en la Iglesia, será un camino permanente para obrar nuestra conversión, para afianzar la comunión eclesial y propiciar la solidaridad y la misión en todos los bautizados, para contribuir a la transformación de nuestra Nación.
 

La finalidad de esta Carta Pastoral consiste en que, revisando nuestra historia, la vida eclesial y la situación del país en sus principales desafíos, podamos ofrecer nuestra aportación para encontrar caminos nuevos y crecer en un clima de reconciliación, de justicia y de paz.

Queremos participar en reforzar la identidad y la unidad de nuestra Nación, resaltando lo que nos une como mexicanos y descubriendo los referentes comunes que nos permitan delinear el país que todos queremos.
 

El presente documento parte de una amplia consulta a sectores y grupos representativos tanto de la comunidad eclesial como de la sociedad civil y de una larga reflexión y diálogo entre nosotros los Obispos.
 

Ahora lo entregamos a todo el pueblo de México como un mensaje de aliento y de esperanza y como un signo de amor y compromiso hacia nuestra Patria. Lo hacemos a los pies de Santa María de Guadalupe, a quien lo encomendamos para que tenga fruto. Lo publicamos en la Solemnidad de la Anunciación, cuando celebramos el anuncio de la Encarnación de Nuestro Señor Jesucristo, como un augurio de salvación y vida nueva para nuestro País.
 

México, D.F. a 25 de marzo del 2000, Solemnidad de la Anunciación del Señor.

+ Mons. Luis Morales Reyes

Arzobispo de San Luis Potosí

Presidente de la CEM

+ Mons. Abelardo Alvarado A.

Obispo Auxiliar de México

Secretario General de la CEM


 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

Introducción

"El Espíritu del Señor está sobre mí,
porque me ha ungido.
Me ha enviado a anunciar a los pobres la Buena
Nueva, a proclamar la liberación a los cautivos
y la vista a los ciegos, para dar libertad
a los oprimidos y proclamar un año de
gracia del Señor."

Lc 4,18-19

Hermanos presbíteros y diáconos
Hermanas y hermanos consagrados
Hermanas y hermanos fieles laicos
Hermanas y hermanos mexicanos
    1. Los saludamos con el gozo jubilar del aniversario de la celebración del acontecimiento central de la historia: la encarnación del Hijo de Dios en el seno de la Virgen María, "luz para todos los pueblos" (Lc 2,32), deseando que la Buena Nueva del Reino alegre sus corazones y que la paz que sólo El nos puede dar los fortalezca hasta el día definitivo de su gloriosa manifestación.

    2. El año 2000 ha despertado numerosas inquietudes y nuevas esperanzas de cambio y crecimiento material y espiritual en todo el mundo. Para nosotros los católicos y para muchos otros hermanos cristianos, el Gran Jubileo de la Encarnación del Hijo de Dios, convocado por el Papa Juan Pablo II, nos introduce en un tiempo propicio de gracia, de conversión, de reconciliación y de paz.

    3. Los obispos de la Iglesia católica que peregrina en tierras mexicanas, sentimos la necesidad de decirles una palabra de pastores, revisando nuestra historia y vida eclesial y aportando, desde la misión espiritual y moral que nos es propia, los valores que deberán sostener el llamado que nos ha hecho el Sucesor de Pedro a emprender la nueva evangelización con nuevo ardor, con nuevos métodos y con nueva expresión, y a colaborar en la construcción de la civilización del amor en nuestra Patria y en todo el Continente.

    4. Queremos dar gracias a Dios por el don de la fe que está presente desde el origen de nuestra Nación y asumir con particular empeño las enseñanzas del Santo Padre en la Exhortación Apostólica Postsinodal Ecclesia in America, de manera que el encuentro con Jesucristo vivo, presente particularmente en su Palabra, en la celebración Litúrgica y en todos, - especialmente en los hermanos más pobres -, se convierta en un camino permanente a la conversión, para reafirmar la comunión eclesial y para propiciar la solidaridad y la misión, de manera que podamos responder a los desafíos actuales que enfrentan la Nación y la Iglesia en México.

    5. Por eso siguiendo este camino deseamos pronunciar nuestra palabra, después de haber encontrado y escuchado con atención y respeto a representantes de nuestra comunidad eclesial -presbíteros, consagrados y consagradas y fieles laicos-, así como a algunos grupos y personas cualificadas representantes de organizaciones e instituciones de diversas creencias y tendencias a lo largo y ancho del país.

    6. En ellos hemos descubierto numerosas inquietudes por la situación actual del país, así como propuestas y sugerencias que reflejan con particular agudeza los desafíos que presenta la variada y rica realidad eclesial y nacional. A todos ellos agradecemos su colaboración generosa y sus valiosas aportaciones.

    7. Es ahora nuestro deseo compartir con ustedes, hermanas y hermanos, los frutos de esta rica experiencia, iluminada siempre con la Palabra de Dios y profundizada y esclarecida por el Magisterio de la Iglesia. Queremos ofrecerles con sencillez el servicio de nuestro ministerio episcopal como servidores de la verdad; como signos y constructores de la unidad y reconciliación de la Iglesia y de la comunidad humana; y como defensores y promotores de la dignidad trascendente de la persona humana, desde que es concebida hasta su encuentro definitivo con el Señor.

    8. Los contenidos de este documento pretenden ir más allá de una iluminación coyuntural y buscan comprender e iluminar los problemas y desafíos que consideramos más profundos e importantes tanto a nivel eclesial como nacional. Ello explica su extensión, estructura y lenguaje y, sobre todo, algunos conceptos que, a primera vista, podrían parecer difíciles de comprender. Por ello buscaremos otras formas de presentación que hagan posible una lectura más accesible. Los expondremos en las siguientes partes:

    I. El encuentro con Jesucristo en los orígenes, conformación y futuro de nuestra Nación.
    II. Del encuentro con Jesucristo a la conversión, la comunión eclesial y el diálogo y servicio evangélico al mundo.
    III. Del encuentro con Jesucristo a la solidaridad como respuesta a los desafíos de nuestra Nación.
    9. En el umbral del tercer milenio de la encarnación del Hijo de Dios, que se abre como tiempo de gracia Jubilar, queremos levantar nuestra mirada agradecida hacia la Santa Trinidad, origen del camino de fe y su término último, cuando al final nuestros ojos contemplarán eternamente el rostro de Dios, fijando nuestra atención reverente en el sacramento de la Eucaristía: Sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de caridad en el que se contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, principio y origen de nuestra comunión eclesial.

    10. Hacemos un llamado a todos a renovar nuestro encuentro con Dios, si ya lo conocemos; a buscarlo con todo el corazón, si nos sentimos alejados de Él o si lo conocemos confusamente; a encontrarnos con los demás, especialmente con los más pobres, como hermanas y hermanos; y a relacionarnos de una nueva manera con la creación, como don y como tarea a cultivar, a través de caminos de perdón y de reconciliación.

    11. Hacemos este llamado con la plena certeza que nos da la esperanza cristiana de que el decurso y el final de los tiempos están en las manos del Padre, que sólo Él conoce (Cf. Mc 13,32), y que participaremos de la victoria de Cristo sobre el pecado y sobre la muerte, si lo seguimos y damos testimonio de Él en todas partes y hacemos el bien a los hermanos necesitados (Cf. Mt 25). Confiadamente y sin temor les decimos que "la entrada en el nuevo milenio alienta a la comunidad cristiana a extender su mirada de fe hacia nuevos horizontes en el anuncio del Reino de Dios".
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     

    Parte I

    El encuentro con Jesucristo en los orígenes, conformación y futuro de nuestra Nación

     

    "Muchas veces y de muchas maneras
    habló Dios antiguamente a nuestros antepasados
    por medio de los profetas, ahora en este momento final
    nos ha hablado por medio del Hijo, a quien constituyó
    heredero de todas las cosas y por quien hizo
    también el universo"

    Heb 1, 1-2


    12. "Jesús de Nazaret, revelador del Padre, ha llevado a cumplimiento el deseo escondido en el corazón de cada hombre de conocer a Dios". En la persona de Jesucristo y en su mensaje cada ser humano descubre y conoce su plena dignidad y vocación. Como Iglesia y como Nación tenemos el deber de descubrir y comprender las diversas maneras como Dios, en su providencia, ha ido manifestando su designio de salvación en Cristo en estas tierras a lo largo de la historia, para alabarlo agradeciendo sus bendiciones y favores (Cf. Ef 1, 3-5. 9s), pedirle perdón por las ofensas cometidas y escudriñar los "signos de los tiempos nuevos" para ser fermento y alma de una sociedad renovada y transformada en familia de Dios.
     

    Las semillas del Verbo y la integración de culturas en el acontecimiento guadalupano.

    13. Los pueblos, cuando tratan de comprender su identidad cultural, recurren necesariamente a sus orígenes fundacionales en búsqueda de algún acontecimiento significativo de la presencia divina que, trascendiéndolos, les marca su vocación y destino. México es heredero de ricas tradiciones y culturas indígenas que, "junto a otros aspectos necesitados de purificación", contienen valores que testimonian la conciencia de una presencia "creadora, providente y salvadora de Dios". Son verdaderas "semillas del Verbo" presentes en el hondo sentido religioso de estos pueblos, abiertas y expectantes del fecundo rocío del Espíritu que disponían los corazones a una más pronta y lúcida recepción del Evangelio.

    14. El encuentro complejo entre los pueblos y culturas europeas con las mesoamericanas en el inicio de la modernidad, provocó en ambos transformaciones profundas en sus cosmovisiones, dentro de un proceso marcado por luces y sombras, como ha sido casi ley de la historia en el nacimiento de pueblos y civilizaciones.

    15. Entre nosotros revistió particular dramatismo porque se encontraron intereses disímbolos y hasta opuestos. Por una parte: la expansión del reinado de España con el poderío militar de la conquista y la colonia, y la evangelización de los nativos con la fuerza del amor y del servicio del Evangelio. Por otra: la confianza frustrada que los aztecas habían puesto en los advenedizos imaginando que cumplirían sus antiguas profecías; y la oportunidad, por parte de otros pueblos indígenas, de salir de formas de dominio y subyugación a las que eran sometidos.

    16. Así, en los inicios de nuestra historia, encontramos tanto procesos de colonización y sometimiento, como modelos evangelizadores basados en "una incansable predicación de la Palabra, la celebración de los sacramentos, la catequesis, el culto mariano, la práctica de las obras de misericordia, la denuncia de las injusticias, la defensa de los pobres y la especial solicitud por la educación y la promoción humana". Fue decisivo el testimonio de santidad de obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas, fieles laicos y de los mismos indígenas bautizados durante aquellos años. Así mismo, conviene insistir en que fue también importante una primera e incipiente difusión de la devoción mariana bajo diferentes advocaciones.

    17. En el inicio de este complicado proceso de encuentro de mundos igualmente religiosos y fieles a sus creencias, como desiguales en cosmovisión, recursos y cultura, en algunas ocasiones no sólo prosperó el abuso y maltrato hacia los conquistados, sino también un marcado rechazo hacia las culturas indígenas e incomprensión de sus profundos valores. Se originó así, también por parte de algunos indígenas, una resistencia y hasta rechazo a la evangelización, según testimonio de los cronistas. En esta difícil y contradictoria situación no faltaron insignes defensores de la dignidad y los derechos humanos de todos.

    18. Sin embargo, lo que desde el punto de vista humano parecería conducir a una forma más de colonización y sometimiento, gracias al acontecimiento guadalupano, es decir, a las apariciones de Santa María de Guadalupe al indio Juan Diego, a la milagrosa imagen, a su mensaje y a su repercusión a través del tiempo, se transforma en una realidad cualitativamente nueva, fruto de una gracia que asume, purifica y plenifica el drama de la historia, de tal manera que:

    "La aparición de María al indio Juan Diego en la colina del Tepeyac, el año 1531, tuvo una repercusión decisiva para la evangelización. Este influjo va más allá de los confines de la Nación mexicana, alcanzando todo el Continente. Y América, que históricamente ha sido crisol de pueblos, ha reconocido Îen el rostro mestizo de la Virgen del Tepeyac, [.] en Santa María de Guadalupe, [.] un gran ejemplo de evangelización perfectamente inculturada.â "

    "En el rostro mestizo de la Virgen del Tepeyac, se resume el gran principio de la inculturación: la íntima transformación de los auténticos valores culturales mediante la integración en el cristianismo y el enraizamiento del cristianismo en las varias culturas".

    19. No fue la violencia de la espada ni la conversión forzada, sino la misteriosa atracción de María de Guadalupe la que llevó a ambos pueblos y culturas, españoles e indios, a una nueva manera de comprenderse y relacionarse desde la fe en Jesucristo ya presente en la naciente Iglesia de este Continente. Lo hizo uniendo, en una sola imagen y mensaje, la fe y la devoción católicas en la "siempre Virgen Santa María", y la religiosidad y cultura indígenas en la "Madre del verdaderísimo Dios por Quien se vive."

    20. La "Señora del cielo" manifestó a Juan Diego el deseo de que se le construyera "una Casita" en la que pudiera mostrarnos su amor y protección al darnos al Evangelio de Dios que llevó en su seno, y acoger maternalmente tanto a los que "están cerca" como a los que "están lejos", para que todos lleguemos a ser uno en Cristo. Este deseo expresa el misterio de la Iglesia, Cuerpo de Cristo y Templo del Espíritu, que congrega a hombres y mujeres de toda raza, pueblo y Nación para alabar, celebrar y dar testimonio del Verbo de la Vida, y para responder al llamado permanente de construir desde la fe, la dignidad común en la diversidad de expresiones culturales.

    La etapa colonial

    21. Simultáneamente y por todas partes, bajo un sólo impulso misionero, diversas órdenes religiosas e iniciativas diocesanas, llevaban a cabo otras maneras de hacer presente el Evangelio y de suscitar el encuentro con Jesucristo a través de la profundización de su misterio redentor; de diversas advocaciones de la Virgen María; del ejemplo e intercesión de santas y santos que con su ejemplo servían de modelos de vida cristiana y dieron nombre, protección y celebraciones a tantos pueblos.

    22. En todos estos procesos evangelizadores inspiradores de modelos de pastoral profética, litúrgica y social y de pensamiento teológico, filosófico, científico y artístico, participaban españoles, criollos, mestizos e indios. De ese modo contribuían, al mismo tiempo, a construir la unidad desde la fe y la lengua y a favorecer la diversidad de expresiones religiosas y culturales dando origen a lo que hoy reconocemos como el mosaico de la Nación mexicana.

    23. El pensamiento, obra y testimonio de Bartolomé de Las Casas, Tata Vasco, Toribio de Benavente "Motolinía", Junípero Serra, Julián Garcés, Pedro de Gante, Francisco Clavijero, Francisco de Vitoria, Juana Inés de la Cruz y muchos otros aquí en nuestras tierras y desde España, contribuyeron enormemente no sólo a la creación de propuestas integrales de liberación y promoción cristianas, sino a la integración de pueblos y culturas en una nueva comprensión del mundo y de su historia bajo un novedoso derecho internacional que asumía como principio fundacional la dignidad y los derechos de todos como personas, en cualquier parte del mundo, el reconocimiento internacional del valor de cada pueblo y de su cultura, bajo una forma de autoridad mundial que diera origen a leyes justas y convenientes para todos.

    24. Con todas estas diversas expresiones de la primera evangelización, se estaba llevando a cabo la fundación religiosa y cultural de la Nación mexicana, la cual, tratando de superar la etapa de destrucción de las raíces y particularidades culturales propias de los pueblos indígenas, buscaba integrar ambas culturas desde la fe. Por ello, no se puede negar que una realidad que nos ha marcado como Nación mexicana y que pertenece a los rasgos fundamentales que nos definen y nos dan identidad, ha sido el hecho del encuentro con Jesucristo, por la mediación de Santa María y de la Iglesia católica a través de sus miembros.

    25. Este hecho, aunque diversamente valorado, subsiste y todos lo vivimos y de algún modo participamos de él. Nacimos a la vida como Nación a partir del difícil encuentro entre varias etnias, culturas y pueblos, en el marco de un proceso complejo de conquista, colonización y evangelización integral, en el molde de la cristiandad católica y de la lengua castellana. Todo ello fue iluminado misteriosamente desde el inicio por María de Guadalupe, cuyo resplandor ilumina cada vez más nuestra identidad y nuestro destino, convirtiéndonos por el don de la fe, en un pueblo que es síntesis de pueblos, donde incluso otras culturas, como la africana, encuentran su lugar.

    26. Es necesario decir que el tiempo de la Colonia y del Virreinato, a pesar de los estudios más serenos y objetivos, es una etapa todavía difícil de comprender ya que en no pocas ocasiones ha dado pie a diversas interpretaciones, unas a favor y otras en contra, más ideológicas que históricas. En la Colonia y el Virreinato es preciso reconocer que graves errores y problemas coexistieron con grandes aciertos.

    27. Por ello, además de la necesidad de comprender mejor y aceptar lo que dicha etapa significa para la conformación de nuestra identidad, es preciso reconocer que también fue una época en la que germinaron nuevas búsquedas y se configuraron nuevos cambios imposibles de explicar si rompemos con el pasado.
     

    La racionalidad moderna a favor de la independencia y la libertad políticas

    28. A los complejos acontecimientos de la primera evangelización y colonización de estas tierras, se fueron agregando e imponiendo los postulados de la racionalidad moderna, que buscaba una independencia que condujera a la autonomía de España y de cualquier otra Nación extranjera.

    29. Esta nueva etapa compleja hunde también sus raíces en procesos y aspiraciones que se gestaron durante la colonia y cuyos pensadores eran católicos, quienes encontraban en su fe en Cristo y en María de Guadalupe, la inspiración de aquella libertad, independencia y justicia que anhelaba el pueblo mexicano. Aún cuando sabemos que existen aspectos difíciles de comprender y aceptar, la parcialización de esta realidad histórica ha llevado a relecturas que no sólo no corresponden a lo sucedido, sino que deforman la conciencia de la conformación de nuestra identidad como Nación. Hidalgo y Morelos, y muchos otros, eran sacerdotes que a pesar de sus limitaciones y debilidades humanas, por su fe en Cristo, su devoción a María de Guadalupe y sus ideas teológicas y políticas, lucharon por la Independencia de México. Por ello los reconocemos no sólo como próceres, sino como colaboradores fundamentales en el proceso de construcción de la Nación.

    30. Sin embargo, el predominio de ciertos procesos fue llevando a la configuración y organización de un Estado laico, más cercano a los modelos liberales francés y estadounidense, que a la realidad cultural de la Nación. Así llegó a consolidarse, en medio de muchas tensiones y polarizaciones, un Estado autónomo cuyo eje central pareciera ser el de la separación y supremacía respecto a la Iglesia, entonces ampliamente presente en la organización y gestión de las realidades temporales. Se originó así la confrontación entre dos formas irreductibles de comprender la identidad de la Nación, y de buscar el bien de la sociedad.
     

    El dilema de la identidad

    31 De este modo emerge la paradoja que nos ha caracterizado durante muchos años: en el contexto de un pueblo mayoritariamente católico, las relaciones institucionales entre la Iglesia católica y los diversos representantes del Estado Mexicano fueron de tensión y, en ocasiones, hasta de rechazo mutuo. Esta situación llegó a su momento más álgido con el desconocimiento de la Iglesia por parte de la Asamblea constituyente de 1917, con la persecución religiosa y el movimiento cristero (1926-1929). Conflictos y tensiones que se prolongaron no sólo por diferentes posiciones, sino también por acontecimientos que actualmente están siendo mejor comprendidos pero que requieren de una explicación al pueblo de México.

    32. Estos procesos de emancipación política, al mismo tiempo que fueron dando fisonomía a un Estado soberano e independiente y separado de la Iglesia en los asuntos públicos, generaron duras controversias y luchas fratricidas que nos acompañaron hasta la primera mitad del siglo XX. Se fue así formando la impresión de que nunca podríamos convivir entre iguales, y que para alcanzar la justicia y la libertad, un bando tendría que someter violentamente o eliminar a los que no compartieran sus convicciones.

    33. Al reconsiderar esta etapa de la historia nacional y después de ponderar mejor los logros y los fracasos, aclaramos que lo que más lamentamos no es la desamortización de los bienes, la secularización de algunas de las instituciones o la separación de funciones -procesos que, en sí mismos, pueden ser positivos y hasta necesarios-, sino las formas en las que se llevaron a cabo y, sobre todo, esa herida inferida en el corazón de los mexicanos, en su mayoría católicos, que los ha obligado desde hace tantos años a vivir dos lealtades aparentemente contradictorias y excluyentes: a Dios y a la Iglesia por un lado,y al Estado y a sus gobernantes por otro.

    34. Así, desde entonces se ha vivido una visión dualista y contrapuesta de la identidad nacional. La expresión más dramática de esta situación la ha vivido el pueblo en general, pero también muchos de los ciudadanos católicos que participan en la administración pública y en el ejército, pues se han visto obligados a acallar o negar una convicción para poder ser fieles a la otra.
     

    Una "primera mirada" a nuestra historia durante el siglo XX

    35 Los primeros decenios del siglo XX, con la conflictividad interna y la influencia creciente de ideologías de otros países más poderosos, llevarán a una revolución y a diferentes luchas y reivindicaciones por la justicia social y el reconocimiento de derechos individuales, sociales, políticos, económicos y religiosos. Aunado a ello, se irá articulando la organización y consolidación de un sistema político fundado en la hegemonía del Estado, que otorgaba garantías individuales y ofrecía responder a todas las aspiraciones sociales bajo la guía de un único partido.

    36. Eran también los años de la cuestión obrera analizada e iluminada por la primera gran Encíclica social del Papa León XIII, la Rerum Novarum, dando con ello origen a la expresión moderna de la Doctrina Social de la Iglesia, la cual contribuyó de manera significativa a que los obispos mexicanos y muchos católicos de aquella época iluminaran las situaciones campesina, obrera y urbana, y se comprometieran con la evangelización y transformación de esas realidades.

    37. Expresiones de ello son las Semanas sociales, las Dietas y los Congresos católicos, así como el desarrollo de un fecundo pensamiento social cristiano que llegó a influir incluso en la elaboración de la legislación constitucional en materia laboral, y a inspirar diversas formas de presencia cultural y política de muchos católicos.
     
     
     
     
     
     

    Marginación de la Iglesia a la esfera privada

    38. Sin embargo, la Iglesia llegó a ser vista como el principal obstáculo de la identidad, de la soberanía y del desarrollo de la Nación, y se pensó que su eliminación del escenario público, o al menos su marginación y reducción a la esfera privada, traería una mayor afirmación de la identidad de los mexicanos. No fue así en los hechos sino que, al reducirse gravemente la identidad nacional a comprensiones materialistas, ateas y pragmáticas, los mexicanos, a pesar de compartir la misma fe, lucharon entre sí como enemigos, dejando una profunda herida que todavía hace falta sanar con el perdón y la reconciliación.

    39. Con la persecución religiosa, la Iglesia vio nacer al martirio a muchos de sus miembros, quienes muriendo por su fe en Cristo Rey y en la Virgen de Guadalupe y por su amor a la Iglesia y a la Patria, ofrendaron su vida por el derecho a la libertad religiosa. La comprensión del significado integral de esta etapa a la luz de la fe, está siendo cada vez más esclarecida. El hecho es que, a partir de ella, la adoración a Cristo Rey y la celebración universal de su fiesta, la devoción eucarística, la consagración de México al Espíritu Santo, el amor a María de Guadalupe y al Papa, serán una parte esencial de nuestra identidad religiosa y nacional.
     

    La difícil etapa de la "simulación forzada"

    40. Sin embargo y a pesar del cese de la violencia armada, que si se alargaba traería consecuencias nefastas para todos, los llamados "arreglos" de 1929 no sentaron las condiciones para una nueva relación basada en una auténtica reconciliación nacional, cimentada en la justicia y el derecho. Por el contrario, con fundamento en acuerdos verbales que daban por terminado el conflicto y no sus causas, permanecieron en la Constitución leyes abiertamente hostiles a la libertad de expresión, de asociación y de religión. Así se originó la anticultura de la simulación forzada que no sólo devaluaba el sentido de las leyes, obligando a componendas o a vivir al margen de ellas o a ignorarlas, sino al deterioro mismo del sentido de la ley justa, del papel de la autoridad y de las formas en las que la sociedad debe vivir y organizarse dentro de un orden jurídico.

    41. Durante estos años, la Acción Católica dio un valeroso testimonio y continuó ö aún en medio de las dificultades ö con su acción apostólica. Así mismo, es preciso reconocer que a raíz de la persecución las vocaciones a la vida sacerdotal y religiosa aumentaron en algunas zonas.

    42. A partir de entonces, con métodos menos violentos pero no menos presionantes, la presencia institucional de la Iglesia fue cada vez más marginada de los espacios sociales en los que antes participaba activamente, con el consecuente detrimento en la formación de los valores, de la conciencia y del compromiso social de sus miembros. Lo más lamentable de esta etapa no fue tanto que marginaran a la Iglesia quienes detentaban el poder político, sino la paulatina automarginación de muchos católicos del mundo de la política, de la economía y de la cultura en general.
     

    Logros y reivindicaciones a partir de la mitad del siglo veinte

    43. De fines de los años treinta a los sesenta ya no se volvieron a dar conflictos armados de grandes magnitudes. El desarrollo industrial y urbano del país logró algunos avances importantes. Una relativa paz creó un mejor clima de inversiones públicas en diferentes aspectos, como la consolidación de sistemas nacionales de salud, de educación, la inversión en el desarrollo de infraestructura, sobre todo en el petróleo.

    44. Sin embargo, por el excesivo centralismo y control del poder, a nivel nacional no se dieron avances significativos en la democratización de los procesos políticos y, en diversas regiones del territorio, los sectores más pobres no encontraron en la reforma agraria y en los nuevos sindicatos y corporaciones, un mejoramiento profundo y amplio en su calidad de vida y sí control político y económico.

    45. Así, de 1960 en adelante creció el descontento por falta de participación plural y realmente democrática en la vida social y política del país. A esto se le sumaría un creciente malestar causado por el inicio de crisis, que después serán recurrentes en la economía, la falta de oportunidades en el mundo del trabajo y el aumento de la pobreza y de la marginación de grupos indígenas, campesinos y obreros. Incluso aquellos que antes se encontraban socioeconómicamente satisfechos en las ciudades más importantes, ahora comenzaban a ver reducidos sus índices de bienestar.

    46. Con ello se incrementaron las huelgas obreras y las manifestaciones de protesta de profesionistas en diversas partes del país. A ellas se les unieron los reclamos universitarios exigiendo justicia social y democracia. Aunque todavía no tenemos datos suficientes y objetivos de lo ocurrido en los conflictos de 1968, todos sabemos que el descontento y, sobre todo, los anhelos de cambio y transformación del país, no encontraron un camino a través del diálogo, sino que terminaron en una tragedia sangrienta que todavía apela a nuestra conciencia.

    47. En esa misma época, también en México se vivían los años marcados por el acontecimiento eclesial más importante del siglo veinte: el Concilio Vaticano II. Las Iglesias particulares de Latinoamérica buscaban la manera de aplicarlo a sus diferentes realidades. Partiendo de la lectura de los signos de los tiempos, se trataba de responder a la necesidad de transformar las estructuras económicas y políticas a la luz de la fe y justicia evangélicas, por medio de una eclesiología en diálogo con el mundo y particularmente sensible a la realidad de la pobreza.

    48. Poco a poco, gracias al aporte de numerosos cristianos y, sobre todo, al Magisterio del Papa Juan XXIII, de Paulo VI , de Juan Pablo I y de Juan Pablo II, se fueron esclareciendo los temas sobre los que giraban las cuestiones y los desafíos más importantes para la Iglesia: su misión fundamental de evangelizar y su relación con la promoción humana; el significado de la liberación integral y de la opción por los pobres y, sobre todo, la necesidad creciente de una nueva evangelización para todo el Continente.
     

    México ante sus desafíos internos y el proceso creciente de globalización

    49. En la década de los ochenta, a las exigencias internas de justicia social y democratización de la sociedad mexicana, se le añadirán las crecientes presiones de un mundo cada vez más globalizado en lo económico, pero también plural en lo cultural y más democratizado en lo político.

    50. Se le dio prioridad a la globalización, entendida sobre todo como fenómeno fundamentalmente económico, por medio de una rápida reforma económica, y se buscaron tratados comerciales internacionales que permitieran el libre intercambio de los productos, con la marginación de otros aspectos, especialmente el de un tratado sobre el derecho al trabajo bajo condiciones internacionales, y la indiferencia ante el problema creciente de la destrucción de los recursos naturales y la contaminación del medio ambiente.

    51. En 1992 se llevaron a cabo algunas reformas constitucionales en otros ámbitos que beneficiaron parcialmente a la Nación. Los obispos mexicanos reconocimos en su momento que los cambios en los artículos 3, 5, 24, 27 y 130 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos en materia de libertad religiosa y la ley reglamentaria correspondiente, abrían el camino "para terminar con la hostilidad y con la imposibilidad práctica de cumplir con los preceptos anteriores". Reconocimos también que aunque se había dado un "avance cualitativo", todavía falta "mucho camino por recorrer para vivir una cultura de la libertad religiosa".

    52. Los cambios motivados por la globalización no han estado acompañados por la necesaria reforma política y social que requiere la Nación. De este modo en la última década del siglo veinte, los mexicanos entramos a una época en la que se dieron fuertes tensiones que demandaban una mayor participación política de la sociedad, una reforma electoral que superara definitivamente el fraude y diera igualdad de oportunidades a otros partidos que tuvieran posibilidades reales de buscar soluciones diferentes a los problemas del país.
     

    La "primacía" de la macroeconomía

    53. Nos encontramos en un momento de nuestra historia en el que el dinamismo más importante del desarrollo económico resulta determinado, principalmente, por una economía financiera mundial marcadamente especulativa y por tratados comerciales internacionales que marchan a un ritmo acelerado y asimétrico respecto de las necesidades de trabajo y desarrollo interno de la mayoría de la población, en especial de la más pobre y marginada. Más aún, el peso de la deuda externa aún condiciona el camino hacia el desarrollo de nuestro país.

    54. La reforma económica que experimentó México en los últimos años ha tenido resultados positivos en el nivel de la macroeconomía. Sin embargo, desde el punto de vista del desarrollo integral que necesitan las personas y los pueblos, tenemos que reconocer que existen deficiencias importantes. Es evidente a todos que existen muchas personas y comunidades que encuentran dificultades relevantes para participar de modo competitivo en la nueva dinámica económica a causa de su marginación y exclusión. Hasta ahora, la economía globalizada ha beneficiado de modo significativo y concreto en México sólo a algunas personas y grupos muy particulares.
     

    Crisis del papel social del Estado y deterioro de la economía interna

    55. Con la crisis de los estatismos y la imposición de las propuestas neoliberales de reducir el deber social del Estado, entramos a una incertidumbre acerca del papel que ha de jugar éste en la construcción del bien común y, por ende, a dificultades para definir una sólida política social que consolide los procesos estructurales tendientes a la superación de la pobreza y a la creación de condiciones y oportunidades de desarrollo, a través de una justa y adecuada distribución de la riqueza.

    56. En cambio, el deterioro de la capacidad adquisitiva de la mayoría de las personas; la falta de empleos y condiciones favorables para la micro, pequeña y mediana empresa; la caída en la calidad de vida especialmente de las clases medias y su paulatina disolución como grupo social; y el acelerado enriquecimiento y concentración de la riqueza de unos cuantos, ponen en evidencia uno de los más graves problemas de nuestro tiempo y hacen de México uno de los países con mayor desigualdad en la distribución de la riqueza en el mundo.
     

    La pobreza y la violencia

    57. La pobreza ha crecido en los últimos 20 años. Nos referimos no sólo a las formas de pobreza tradicional y de injusticia social que ya teníamos, sino que han surgido nuevas maneras de empobrecimiento en el campo y las ciudades, de marginación y hasta de exclusión de grandes grupos sociales, especialmente de campesinos e indígenas.

    58. En el campo, aunque las reformas legislativas permitieron nuevos modelos de organización e inversiones para facilitar la exportación, por la falta de acompañamiento en la integración de los campesinos a estos nuevos procesos, se ha paralizado la agricultura tradicional en muchas partes, afectando principalmente a los jóvenes que al no estar preparados ni educativa ni técnicamente, se han visto desplazados, sin opciones reales de trabajo, incrementándose así los procesos migratorios dentro y fuera del país, y aumentando de manera importante la llamada economía informal.

    59. La inseguridad a causa del aumento del crimen en los centros urbanos es un hecho constatado por todos. Los asesinatos de diversos personajes de la vida pública de México en la última década del siglo veinte, entre los que se incluye el lamentable deceso del Cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo, son parte del contexto de violencia que ha aparecido en nuestra Nación.

    60. También han surgido nuevas formas de violencia y criminalidad: en algunas zonas indígenas y campesinas existe creciente inseguridad y diversas actividades deshonestas acompañadas de enriquecimiento ilícito, por ejemplo, cuando se vinculan con las redes del narcotráfico. Incluso se han hecho visibles movimientos armados, que pensábamos superados en nuestras tierras, y a los que no se debe restar importancia debido a que con facilidad se introducen en la espiral de la violencia, que siempre resulta difícil detener.

    61. A este respecto, reconocemos la ardua tarea de las fuerzas armadas en nuestro país ya que atienden, como misión propia, algunas situaciones que ponen en riesgo la seguridad nacional. Pero por otro lado, en ocasiones introducen un clima social inadecuado para proteger a través de la vigencia de la ley los derechos, las libertades y las obligaciones de todos por igual.

    62. Por ello es preciso atender en sus causas los nuevos fenómenos de pobreza, violencia y criminalidad, para de esta manera evitar en lo posible la ejecución de medidas de fuerza como solución a los graves problemas sociales de México.
     

    Tratando de comprender los "nuevos signos de los tiempos"

    63. El año de 1994, con la aprobación del Tratado de Libre Comercio con América del Norte, que nos asocia a dos de las economías más poderosas del mundo, y el levantamiento armado en Chiapas, representa precisamente el drama que caracteriza en la actualidad a nuestra Nación: la tensión entre dos mundos distantes y contrastantes, en la que uno pretende imponerse y absorber al otro, cuando se requiere urgentemente una integración e interrelación fundadas en la justicia y en el reconocimiento de los derechos de las personas, de la diversidad de las etnias y de las culturas, y el respeto al medio ambiente.

    64. No sin dificultades externas e incluso con tensiones internas, la Iglesia ha estado presente en ambos mundos y ha tratado de responder a los desafíos que implica una situación tan compleja y difícil. La historia nos dirá hasta dónde supimos responder al llamado que el Señor nos hacía.

    65. Por otro lado, desde mediados de la década de los ochenta se iniciaron una serie de difíciles pero importantes transformaciones en las instituciones representativas del país, que hablan de un proceso de maduración política en nuestra Nación. Con el fortalecimiento de los partidos y contiendas electorales más transparentes y legítimas, comenzamos a constatar que es posible el cambio del poder político, e incluso la alternancia, sin que prevalezca siempre la anticultura del fraude electoral.

    66. Vivimos como Nación una situación de cambio profundo y complejoen todos los aspectos de la vida social y en todos los rincones del país, que da origen a una nueva cultura y a un nuevo estilo de vida caracterizados por los siguientes aspectos fundamentales:

    67. Se trata de un profundo anhelo de millones de mexicanos deseosos de crecer al interior de una cultura de la vida que fortalezca instituciones democráticas y participativas, fundadas en el reconocimiento de los derechos humanos y en los valores culturales y trascendentes de nuestro pueblo. Cultura e instituciones construidas con la participación solidaria de todos, que sean salvaguardadas por las organizaciones representativas y subsidiarias llamadas a crear las condiciones reales que permitan una vida digna para todos. Esto supone una educación integral basada en el respeto a la persona humana y a la cultura, que incremente la responsabilidad y participación ciudadanas.
     

    El servicio que la Iglesia puede prestar ante los desafíos que vive nuestra Nación

    68. Haciendo una lectura serena de nuestra historia, creemos que nos encontramos en el tiempo oportuno para reconocer y asumir que la Nación está integrada por algunas realidades que en ocasiones se han contrapuesto o ignorado. Estas realidades requieren de una integración adecuada que consolide la justicia y la paz social y nos permita responder a los desafíos del nuevo milenio. El Papa Juan Pablo II las señaló con precisión durante su cuarta visita pastoral:
     
     
     

    "Llego a un país cuya historia recorren, como ríos a veces ocultos y siempre caudalosos, tres realidades que unas veces se encuentran y otras revelan sus diferencias complementarias, sin jamás confundirse del todo: la antigua y rica sensibilidad de los pueblos indígenas que amaron Juan de Zumárraga y Vasco de Quiroga, a quienes muchos de estos pueblos siguen llamando padres; el cristianismo arraigado en el alma de los mexicanos; y la moderna racionalidad de corte europeo que tanto ha querido enaltecer la independencia y la libertad".

    69. Para superar la permanente tentación de la confrontación y la violencia, que nos ha marcado en algunos momentos de nuestra historia, y para abrir caminos nuevos en los que todos podamos participar para construir el futuro de la Nación, es necesario crear espacios de encuentro, de diálogo y de reflexión en los que, partiendo de la realidad y de la identidad de nuestra Nación, debemos revisar qué es lo que nos une como mexicanos, cuáles son nuestros referentes comunes y dónde están los principales problemas que nos han contrapuesto, de manera que podamos encontrar los caminos para crecer en un clima de reconciliación, de justicia y de paz.

    70. Esta revisión, como lo expresamos anteriormente, podrá ayudarnos a:
     
     
     

    "Conseguir los consensos que nos permitan la unidad en los grandes criterios iluminadores que nos lleven a alcanzar el país que queremos para todos. poner los cimientos sólidos que nos lleven a conseguir la unidad dentro de la legítima diversidad".

    71. Como parte constitutiva de la historia de México y de la identidad nacional, y conscientes de la realidad que vivimos y de la necesidad de contribuir a reforzar la unidad y la reconciliación nacional, los obispos escribimos en noviembre de 1998 que la Iglesia en su conjunto debe de participar activamente en el momento actual:
     
     
     

    "¿Podría la Iglesia ser marginada en este momento histórico, como lo ha sido tradicionalmente en nuestro país? Más aún, ¿podría la Iglesia automarginarse y permanecer pasiva como simple espectador que ve pasar desde la ventana el desfile de los acontecimientos que hoy están construyendo la historia? Consideramos que nos toca ofrecer nuestra aportación desde la misión que nos es propia, es decir, desde el anuncio evangelizador, que asume la verdad de Dios, que es amor y la verdad del hombre, llamado al amor y a la plenitud de la vida".

    72. Creemos que llegó la hora en que esos tres ríos, "a veces ocultos y siempre caudalosos" de ricas realidades que nos constituyen, puedan confluir libremente hacia un gran océano, en el que, creciendo en nuestras propias riquezas particulares a nivel personal y comunitario, podamos compartir, sin odios ni violencias, una humanidad y un destino común, aportando complementariamente cada uno lo suyo.
     

    Importancia de la memoria histórica

    73. Es también la hora de que la verdad histórica integral de México brille con mucha mayor claridad, desde sus mismos orígenes pasando por todas las etapas de nuestro caminar hasta el día de hoy, superando prejuicios y descalificaciones, dualismos y reduccionismos.

    74. A los católicos mexicanos nos ha hecho falta cultivar y esclarecer la memoria histórica de nuestra fe. Sabemos muy bien que sin ella, se debilita la identidad y el sentido del presente y del futuro de todo el pueblo.

    75. Es necesario reflexionar y comprender mejor el significado de estos quinientos años de evangelización, especialmente en lo que se refiere a los esfuerzos de elaboración del pensamiento teológico, filosófico, científico, cultural y artístico, a las ricas y diversas experiencias que han buscado inculturar el Evangelio en los diversos ambientes y lugares de nuestras iglesias particulares y en el país.

    76. Agradecemos a todos los historiadores que nos han ayudado a comprendernos mejor como Iglesia en México. Así mismo agradecemos el aporte del Papa Juan Pablo II que, desde el inicio de su pontificado y especialmente en esta preparación al Gran Jubileo, nos ha alentado a los católicos a conocer, aceptar y amar nuestra historia a luz de la fe. Le agradecemos el que nos haya impulsado a buscar en el pasado, no sólo remoto sino reciente, las huellas y los rostros de Cristo en tantos mexicanos que ofrendaron sus vidas y derramaron su sangre por la fe y, desde ésta, por la libertad, la justicia y la paz en nuestra Patria.

    77. Nuestra historia como Nación no es ya solamente una historia modelada por héroes valerosos, sino también por santos y beatos, mártires y confesores: niños, jóvenes y adultos, hombres y mujeres, clérigos, consagradas, consagrados y fieles laicos que, amando a Jesucristo y a su Iglesia, amaron también a México. En este Año de Gracia del Señor, celebraremos con júbilo la beatificación y canonización de algunos de nuestros hermanos y hermanas, gloria de nuestra Iglesia.
     
     
     
     
     
     

    Año de Gracia, del perdón y de la reconciliación

    78. El año Jubilar es año de gracia, de perdón de las deudas y de reconciliación. Por lo tanto, en nombre de todos los miembros de la Iglesia de Cristo en México,pedimos perdón a Dios y a nuestros hermanos por todo aquello que a lo largo de nuestra historia lo ha ofendido a Él y a cualquier persona; por los daños que han causado nuestros pecados personales y sociales; por todas aquellas acciones, omisiones o retrasos que no han contribuido a la evangelización, a la dignificación de las personas y al bien de la comunidad nacional.

    79. La fe católica nos hermana en el amor del mismo Padre. La pertenencia a la Iglesia, Cuerpo de Cristo, nos ayuda a reconocer y vivir la solidaridad que une a todos los seres humanos en una misma condición, origen y destino, en la única redención de Cristo y en la comunión de los santos, con el anhelo de servir mejor a todos los que formamos parte de esta Nación.

    80. Es urgente que demos un paso hacia delante en una mejor comprensión de nuestra historia, de modo que no seamos prisioneros del pasado sino que, emprendiendo el camino del perdón y de la purificación de la memoria, los males de antaño no nutran el odio ni sigan lastimando y, sobre todo, no se vuelvan a repetir.

    81. No debemos olvidar que quienes vivieron etapas difíciles de confrontación no tuvieron los elementos con los que hoy contamos para comprender el significado del proceso de autonomía de las realidades temporales, y del nuevo tipo de relaciones que tendrían que establecerse entre la Iglesia y el Estado.

    82. Pero indudablemente a nosotros nos toca hoy poner en práctica las profundas y certeras enseñanzas del Concilio Vaticano II acerca de esos temas del papel de la Iglesia como institución en los diversos campos, del derecho a la libertad religiosa y del protagonismo indispensable de los laicos en la transformación de las estructuras del mundo según Cristo.

    83. Inspirándose en el Magisterio de la Iglesia, principalmente del Concilio Vaticano II, y buscando respuestas directas a los enormes desafíos pastorales que presentaba el Continente latinoamericano, los obispos reunidos en Medellín, Puebla y Santo Domingo durante el último tercio del siglo XX, son el testimonio vivo de cuánto interés ha puesto la Iglesia en comprender y vivir el impulso conciliar y las enseñanzas pontificias de los Papas Juan XXIII, Paulo VI, Juan Pablo I y Juan Pablo II.

    84. La conciencia de la realidad, los retos que nos presentan las diferentes etapas y situaciones, sobre todo el dolor y el sufrimiento de nuestras hermanas y hermanos más pobres, y las múltiples respuestas pastorales que surgieron, han marcado definitivamente la historia pastoral de todas las Iglesias de América Latina, incluyendo la nuestra.
     

    Todos llamados a redescubrirnos y a comprender los nuevos desafíos

    85. Si en el corazón de la Iglesia de Cristo hace eco todo lo humano: las alegrías y las tristezas, los gozos y las esperanzas de todas las personas, especialmente de quienes son más pobres, es perfectamente entendible que la Iglesia participe, viva y sufra los cambios en nuestra historia.

    86. Como preparación a la celebración del gran Jubileo y en el umbral del nuevo milenio, el Santo Padre nos ha llamado a revisar nuestra vida eclesial a la luz de la asimilación que hemos hecho de las riquezas del Concilio. Nos toca discernir los nuevos signos de los tiempos y comprender cómo ellos afectan, positiva y negativamente, a la fe, a la esperanza y a la caridad de los miembros de la comunidad eclesial.

    87. En particular, para nosotros mexicanos, las cuatro visitas pastorales que Su Santidad Juan Pablo II ha realizado a nuestra Patria han sidoverdaderos acontecimientos de gracia que, sobre todo, nos han ayudado a redescubrirnos como pueblo fundamentalmente creyente en Cristo y devoto de María de Guadalupe. Así mismo han colaborado a aumentar nuestra conciencia respecto de la riqueza que representa nuestra fe, nuestra propia historia y nuestra cultura. Estamos ciertos que si logramos superar el miedo y la apatía como pueblo, seremos capaces de transformar nuestra realidad para bien y nos convertiremos en una Nación más cristiana, más humana y más sujeto de su propio destino.

    88. En la Exhortación apostólica Ecclesia in America, el Papa Juan Pablo II ha llamado a tomar conciencia de la unidad y potencial de fe de todo el Continente Americano, en orden a buscar un encuentro más profundo con Jesucristo que lleve a la conversión, a la comunión y a la solidaridad como respuesta a los desafíos que presentan la nueva evangelización y la globalización en el Continente Americano.

    89. Como Iglesia misionera estamos llamados a comprender los desafíos que la crisis de la modernidad y la propuesta cultural de la postmodernidad, con su redespertar religioso, presentan a la nueva evangelización de América en un complejo proceso de globalización. El trabajo realizado por el CELAM acerca de las megatendencias que se presentan actualmente en nuestros pueblos es un auténtico aporte para nuestra reflexión y compromiso.

    90. Este contexto de globalización, con los desafíos que implica para la Nación y para la Iglesia, nos ha abierto posibilidades nuevas en la comprensión del significado del acontecimiento guadalupano y de la beatificación de Juan Diego. Sentimos más imperiosa la necesidad de anunciar el Evangelio, salvaguardando la dignidad de las personas, la riqueza de las culturas y colaborando en la construcción de una cultura globalizada de la solidaridad. El Papa Juan Pablo II nos ha hecho ver cómo Santa María de Guadalupe y el testimonio martirial de la Iglesia en México deben empeñarnos con mayor ánimo en la evangelización de todo el Continente.

    91. Pasado y presente están en las manos de Dios y en la conciencia y responsabilidad de la actual generación, a quien se le brinda la oportunidad de visualizar mejor el futuro, por el cambio de siglo y de milenio que le ha tocado vivir. Para este futuro que nosotros inauguramos con la celebración del Gran Jubileo, queremos presentar estas reflexiones sobre la necesidad de fortalecer la comunión y la solidaridad entre los mexicanos.

    92. Este mensaje quiere ser de esperanza y de confianza, sin exclusiones ni olvidos. Hay, seguramente, grandes retos y desafíos, y nuestras necesidades y carencias son casi incontables. Pero conocemos el pueblo que Dios nos ha encomendado y lo amamos con el gran amor que le tuvieron los padres y misioneros del principio. Sabemos que los mexicanos somos un pueblo que ama la vida y que tiene una admirable fe en la Providencia de Dios, del que nunca ha renegado, y un profundo amor filial a Santa María de Guadalupe, cuya protección tampoco ha dejado nunca de experimentar y agradecer.
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     

    Parte II

    Del encuentro con Jesucristo a la conversión,

    la comunión eclesial, el diálogo

    y el servicio evangélico al mundo

     

    "Se dedicaban con perseverancia a escuchar
    la enseñanza de los apóstoles,
    vivían unidos y participaban en la fracción del pan y en las oraciones.
    Tenían un solo corazón y una sola alma,
    y nadie consideraba como propio nada de lo que poseía,
    sino que tenían en común todas las cosas.
    No había entre ellos necesitados.
    Daban testimonio delante de todo el pueblo
    y gozaban de su simpatía."

    Hech 2, 42; 4, 32.34a


    Introducción

    93. Hemos reconocido con gratitud la presencia de Jesucristo en nuestra Patria a través de la intervención maternal de la Virgen María y en las diversas vicisitudes que ha enfrentado la Iglesia a lo largo de su historia. Ahora, es preciso mirar con atención al interior de la vida de la Iglesia en México, haciéndonos eco de la invitación del Papa Juan Pablo II a revisar, con ocasión del Gran Jubileo que abre el Nuevo Milenio, la vida eclesial a la luz del Concilio Vaticano II. Los obispos mexicanos queremos asumir y aplicar, con fidelidad y creatividad, las riquezas del Concilio y vivir una profunda renovación integral. Esta es, sin duda, una dimensión esencial de la nueva evangelización de nuestro país y del continente americano.

    94. Con esta luz, apoyados en la exhortación Ecclesia in America y frente a los desafíos pastorales de la realidad presente, son tres los aspectos eclesiales que pensamos revisten especial importancia:

    I. Cómo vivir e integrar mejor un proceso evangelizador y catequético de conversión, comunión, solidaridad y misión.

    II. Cómo vivir una comunión con Cristo y con los hermanos a través de una experiencia eclesial más profunda.

    III. Cómo vivir, como Iglesia misionera, una apertura al diálogo ecuménico e interreligioso y al diálogo y servicio evangélico al mundo, especialmente a los más pobres.

Expondremos estos aspectos en tres secciones manteniendo en cada una de ellos un momento de:
 
 
 
 
 
 
 
 
Sección I

Cómo vivir e integrar mejor un proceso evangelizador y catequético

que fortalezca la conversión

1. Contemplación a la luz de la fe

La Iglesia de Cristo continuadora de la Historia de Salvación
    95. El día de Pentecostés, el Espíritu de Jesús llenó los corazones de María, de los apóstoles y de los que se encontraban ahí reunidos en oración. Pedro, con los Once, dio testimonio ante todos los pueblos en ese momento representados, del acontecimiento central de la historia: la victoria de Jesús de Nazaret sobre el pecado y la muerte y su gloriosa Resurrección de entre los muertos (Cf. Hch 2).

    96. La Iglesia, asamblea de los creyentes reunida en torno a Jesucristo muerto y resucitado, es el lugar sacramental de encuentro con el Señor Jesús. Ella lo hace presente a lo largo de la historia a través del anuncio, de la celebración y del testimonio del amor con que nos amó y dio su vida por la salvación del mundo (Cf. Jn 13,35).

    97. La experiencia cristiana es descrita en los Hechos de los Apóstoles como seguimiento de Cristo que atrae a quienes no lo conocen por medio del testimonio de los que estuvieron con Él desde el principio de su predicación, y por medio de quienes, después de su Resurrección, quedaron llenos del Espíritu Santo para hacerlo presente en todas partes (Hch 2 y ss.).

    98. Dicha experiencia comienza con el testimonio de vida de la comunidad, acompañado por el anuncio alegre de la persona de Jesús, de su mensaje y de su obra. El fruto, obra del Espíritu de Jesús y de la respuesta humana, es el proceso de conversión y la pertenencia a la comunidad en la que se aprende a escuchar la Palabra, se participa en la comunión con la pascua de Cristo, a través de la liturgia sacramental, y se invita a comprometerse en una forma de vida nueva que se distingue por el modo de amarse los hermanos, de compartir los bienes y servir a los demás, especialmente a los más pobres.

    99. Jesucristo, después de su Resurrección, está con su Iglesia, la acompaña todos los días hasta el final de los tiempos; se hace presente a través de los testigos que lo han encontrado y han sido enviados a todas partes a llevar la Buena Nueva (Cf. Mt 28; Mc 16). Jesús se hizo presente explícitamente en nuestro continente hace quinientos años, a través del testimonio y predicación de los primeros evangelizadores y del acontecimiento guadalupano. Desde entonces, la fe en Jesucristo forma parte de nuestra historia y configura la identidad de nuestra nación, pues está arraigada en el alma de los mexicanos.
     

    Evangelizar siempre, a todos y en todas partes

    100. También hoy nosotros hemos sido llamados a conocer al Señor y a ser testigos de su resurrección en todos los rincones de la tierra, con el fin de "dirigir la mirada del hombre, orientar la conciencia y la experiencia de toda la humanidad hacia el misterio de Cristo, ayudar a todos los hombres a tener familiaridad con la profundidad de la Redención, que se realiza en Cristo Jesús". Llevar a todos al encuentro con Jesucristo, su Salvador y Redentor para llenarse de la fuerza de su Espíritu, es el "cometido fundamental" de la Iglesia.

    101. En efecto, ha escrito Pablo VI: "Es en la evangelización donde se concentra y se despliega la entera misión de la Iglesia, cuyo caminar en la historia avanza movido por la gracia y el mandato de Jesús: «Vayan por todo el mundo y proclamen la buena noticia a toda criatura« (Mc 16,15) y «sepan que yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin de los tiempos« (Mt 28,20). Evangelizar es la gracia y la vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda".

    102. Jesús nos pregunta también hoy a los católicos mexicanos: "¿Para ustedes quién soy yo?" (Mt.16,13-20; Mc 8, 27-30; Lc 9,18-21). La respuesta vital que damos a esta pregunta es lo que nos define en medio del mundo. La identidad cristiana consiste en reconocer a Jesucristo como Hijo de Dios hecho hombre y Salvador del universo, "centro del cosmos y de la historia". Significa también conocer "el poder de su resurrección y la comunión en sus padecimientos" (Fil 3,10). El signo eficaz de su presencia resucitada es la comunión y el amor fraterno y solidario que nos da por medio de su Espíritu.

    103. ¿Hasta dónde somos una Iglesia que da testimonio, con la vida y la palabra, de la Resurrección del Señor? ¿Cómo anunciar a Jesucristo a todas las personas en todos los ambientes donde se encuentran? ¿Cómo convertirnos a Él de todo corazón e invitar a una conversión permanente, personal, comunitaria y socialmente? ¿Cómo celebrarlo como la fuente y el culmen de toda nuestra vida y santificarnos en todo? ¿Cómo vivir su amor entre nosotros y entregar la vida por el prójimo a la manera que Él nos ha amado hasta la muerte? ¿Cómo descubrirlo en los rostros de todos, y servirlo especialmente en los más pobres?
     
     

    2. Reconocimiento de la situación actual

    Frutos positivos y esperanzadores

    104. Estas interrogantes tienen que ver con el gran desafío contemporáneo de adquirir una completa y madura experiencia cristiana. Ecclesia in America nos da una respuesta integral al indicarnos que el encuentro con Jesucristo nos lleva necesariamente a la conversión, la comunión, la solidaridad y la misión; y que no hay verdadera experiencia cristiana, personal y comunitaria, que no implique todos esos aspectos.

    105. Con gozo y agradecimiento a Dios, podemos afirmar que la mayoría de nuestro pueblo posee una fe en Cristo que es fruto de la primera evangelización y de una serie de experiencias y procesos de formación y maduración, cuya savia ha impregnado la vida, la cultura y las expresiones más características de nuestra identidad como nación. Entre las expresiones más comunes y arraigadas de esta fe se encuentra la "religiosidad popular".

    106. También reconocemos con agradecimiento que, a través de diversos métodos de evangelización, es cada día mayor el número de católicos que participan en comunidades, institutos, iniciativas, movimientos y responsabilidades pastorales diversas. Para ellos, Jesucristo y su Evangelio ocupan un lugar central en su vida y significan una sólida esperanza para la nueva evangelización. Señalamos algunas de sus expresiones más significativas:

Los problemas, las dificultades y las deficiencias actuales
    107. Sin embargo, vemos con preocupación que muchos católicos mexicanos, habiendo recibido el don de la fe en el bautismo, carecen del sentido de encuentro permanente con Jesucristo vivo; no tienen una adecuada formación en la doctrina cristiana que les permita dar razón de su esperanza y anunciar el Evangelio; no participan de manera estable en la vida comunitaria y eclesial, y viven sin suficiente compromiso en la transformación de la sociedad, que es exigencia del seguimiento de Cristo.

    108. Vivimos, además, una profunda y compleja transformación nacional e internacional que afecta la vida de fe de los miembros de la Iglesia. Los creyentes, como nunca antes, están sometidos a la influencia de innumerables propuestas de pensamiento y modelos de vida que, muchas veces, son indiferentes o contrarios a la visión cristiana de la vida y al sentido de pertenencia a la comunidad eclesial.

    109. Por todo lo anterior, constatamos que:


 
 
 
 

3. Planteamiento de desafíos pastorales

Los desafíos a los que debemos responder

    110. Los desafíos que esta realidad nos plantea y a los que nuestra conciencia y nuestro compromiso pastoral deben responder, son los siguientes:
    111. Todos estos desafíos tienen que ver con la misión fundamental de la Iglesia de anunciar el Evangelio y formar en la fe a sus propios miembros. Se trata de que seamos una Iglesia permanentemente evangelizada y evangelizadora. Este es el momento oportuno para que hagamos una revisión de nuestros métodos y criteriosde la iniciación cristiana y de la formación integral y madura de la vida en Cristo como encuentro permanente con Él que nos mueve a la conversión, a la comunión con los hermanos, a la solidaridad y la misión en todas partes.
     

    La atención prioritaria a los católicos

    112. Es necesario atender prioritariamente a los católicos que necesitan descubrir la novedad del encuentro con Jesucristo y madurar su fe, de manera que profundicen en un encuentro permanente con Él como camino de conversión, comunión, solidaridad y misión.Se trata de fortalecer a los católicos como sujetos creyentes, conscientes, formados y responsables dentro de un camino de acompañamiento en la vida cristiana en la que los pastores ayudamos a:

    113. Dentro de este mismo tema, es preciso considerar a la familia como primera escuela de la fe.El Papa Juan Pablo II ha hecho hincapié en que el desarrollo de la fe comienza en la familia, y que corresponde al padre y a la madre ser los primeros evangelizadores de sus hijos. Urge retomar el desafío pastoral que implica esta enseñanza fundamental de la familia entendida como iglesia doméstica, el primer espacio de formación de la persona como tal, la primera escuela de la vida, del trabajo y, por ende, comunidad insustituible en la capacidad de integrar naturalmente la fe con la vida.
     

    Fortalecer los espacios institucionales

    114. Es preciso fortalecer los espacios institucionales en los que estamos presentes y que requieren de renovación en sus métodos y en sus expresiones evangelizadoras y catequéticas. Es indispensable que, en los diversos ambientes en los que tenemos posibilidad de anunciar el Evangelio, revisemos:

Mejorar las propuestas de evangelización
    115. Requerimos mejorar las propuestas de evangelización que buscan responder a los nuevos desafíos. En las diversas experiencias parroquiales, en las nuevas fundaciones apostólicas y en los movimientos, asociaciones y grupos católicos debe cuidarse la integralidad de la fe que incluye, necesariamente, el encuentro con Jesucristo, la conversión personal y social, el sentido de pertenencia y comunión eclesial, el compromiso misionero y la permanente solidaridad con todos, especialmente con los más pobres. Cualquier parcialidad u omisión, so pretexto del carisma o de la espiritualidad específica, no corresponde a la naturaleza de la nueva evangelización.

    116. Los movimientos eclesiales poseen una enorme responsabilidad en el seno de la Iglesia. Contribuyen a la renovación eclesial ya que suelen reproponer los contenidos esenciales de la experiencia de la fe en ambientes diversos y con métodos nuevos. Sin embargo, es preciso que trabajen permanentemente en comunión con el obispo diocesano y con el presbiterio dentro del plan de pastoral.
     

    Desarrollar nuevas propuestas evangelizadoras y catequéticas

    117. Es necesario desarrollar nuevas propuestas evangelizadoras y catequéticas que sean capaces de incidir en los diversos ambientes en los que se mueven la mayoría de las personas, sobre todo en las zonas urbanas, para que puedan encontrarse con Jesucristo y su Evangelio a través de propuestas, lenguajes y referentes adecuados que faciliten su comprensión y transformación en vida.

Actitudes que necesitamos cambiar para una mejor formación
    118. Los responsables de la vida de las comunidades estamos llamados a una conversión pastoral, dejando atrás mentalidades, actitudes y conductas que no favorecen el crecimiento en la fe y en la corresponsabilidad de los fieles laicos, hombres y mujeres, en la vida eclesial y en el compromiso social. Es frecuente encontrar falta de interés y apoyo proporcionándoles conocimientos que les sirvan en la formación de sus conciencias y en las tareas temporales.
El encuentro con Cristo conduce a la conversión
    119. La conversión es fruto del encuentro y de la adhesión a Jesucristo, el Hijo de Dios, quien hace presente la misericordia del Padre, nos rescata de la esclavitud del pecado y de la muerte y nos hace volver a la vida de los hijos de Dios por medio de su Espíritu: "Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que grita: 'Abba', es decir, 'Padre'. De modo que ya no eres siervo, sino hijo, y como hijo, también heredero por gracia de Dios " (Gal 4, 6-7).

    120. La conversión es un don que implica necesariamente un proceso personal de reencuentro y reconciliación con Dios, de reincorporación a la comunidad y de compromiso social, que lleva a la búsqueda del perdón a través del arrepentimiento sincero, el propósito de enmienda, el rechazo del mal y del desorden y orienta al rescate de los valores perdidos.

    121. La adhesión a Cristo por medio de la fe, exige romper los lazos que nos esclavizan. Los apóstoles y quienes se han encontrado en verdad con Cristo, debieron dejar los apegos que les impedían vivir como hombres nuevos. Sólo el corazón libre puede adherirse y seguir a Cristo; necesita vivir la libertad de los Hijos de Dios: "Hoy los hombres desean sobremanera liberarse de la necesidad y del poder ajeno. Pero esta liberación comienza por la libertad interior, que ellos deben recuperar de cara a sus bienes y a sus poderes". Más aún, "Para ser libres nos ha liberado Cristo" (Gal 5, 1).

    122. La conversión es también una tarea ininterrumpida para toda la Iglesia que "siendo santa al mismo tiempo que necesitada de purificación constante, busca sin cesar la penitencia y la renovación." Este esfuerzo de conversión no es sólo una obra humana. Es el movimiento del "corazón contrito" (Sal 51, 19), movido y atraído por la gracia (Cf. Jn 6, 44; 12, 32) a responder al amor misericordioso de Dios que nos ha amado primero (Cf. 1 Jn 4, 10).

    123. La conversión personal también tiene dimensiones eclesiales que interpelan a todos los miembros de la Iglesia a una creciente "identificación con el estilo personal de Jesucristo, que nos lleva a la sencillez, a la pobreza, a la cercanía, a la carencia de ventajas, para que, como Él, sin colocar nuestra confianza en los medios humanos, saquemos, de la fuerza del Espíritu, y de la Palabra, toda la eficacia del Evangelio, permaneciendo primariamente abiertos a aquellos que están sumamente lejanos y excluidos".

    124. Pero también el pecado personal tiene dimensiones sociales. Como miembros de la Iglesia, estamos llamados a reconocer y denunciar que todo lo que daña la dignidad humana, sus derechos fundamentales y, en general, a la creación, tiene como raíz última al pecado y ofende al Creador. Se trata de verdaderos "pecados sociales", que "manifiestan una profunda crisis debido a la pérdida del sentido de Dios y a la ausencia de los principios morales que deben regir la vida de todo hombre. Sin una referencia moral se cae en un afán ilimitado de riqueza y de poder, que ofusca toda visión evangélica de la realidad social".

    125. Por lo tanto, los cristianos estamos llamados no sólo a una honestidad ética individual, sino a la búsqueda de una permanente conversión que lleva a cambios reales en nuestras relaciones sociales, políticas, económicas, culturales, de manera que transformemos este mundo a la luz del Reino de Dios y de sus bienaventuranzas.
     
     









    Sección II

    Cómo vivir la comunión con Cristo y con los hermanos a través de una experiencia eclesial más profunda

    1. Contemplación a la luz de la fe

    Vivir una eclesiología de comunión

    126. El fruto de la muerte y Resurrección de Jesús y de la presencia impetuosa del Espíritu es la Iglesia, comunidad de los hermanos que anuncia, celebra y vive la comunión con Dios, Uno y Trino, para hacerla partícipe a toda la creación hasta el final de los tiempos en el que Dios será todo en todos. Por ello, en primer lugar, es necesario afirmar con Ecclesia in America, que:
     
     
     

    «Ante un mundo roto y deseoso de unidad es necesario proclamar con gozo y fe firme que Dios es comunión, Padre, Hijo y Espíritu Santo, unidad en la distinción, el cual llama a todos los hombres a que participen de la misma comunión trinitaria. Es necesario proclamar que esta comunión es el proyecto magnífico de Dios [Padre]; que Jesucristo, que se ha hecho hombre, es el punto central de la misma comunión, y que el Espíritu Santo trabaja constantemente para crear la comunión y restaurarla cuando se hubiera roto. Es necesario proclamar que la Iglesia es signo e instrumento de la comunión querida por Dios, iniciada en el tiempo y dirigida a su perfección en la plenitud del ReinoÈ. La Iglesia es signo de comunión porque sus miembros, como sarmientos, participan de la misma vida de Cristo, la verdadera vid (Cf. Jn 15, 5). En efecto, por la comunión con Cristo, Cabeza del Cuerpo místico, entramos en comunión viva con todos los creyentes.

    127. Vivir el don de la Iglesia como la comunión -koinonía- de los creyentes en Cristo "que tenían un solo corazón y una sola alma" (Hch 4,32), debe ser una prioridad pastoral permanente para nosotros. La Iglesia es y debe ser el espacio vital y natural en el que podamos encontrar, escuchar, celebrar, vivir y difundir integralmente el acontecimiento de Cristo en medio del mundo. La comunión es obra del Espíritu, pero también requiere de la participación y colaboración de todos para que, donde quiera que estemos y en todo lo que hagamos, contribuyamos a fortalecerla, superando hábitos adquiridos y criterios puramente territoriales o funcionales.

    128. Esto implica la comprensión y vivencia del misterio de la Iglesia como edificación del único Cuerpo de Cristo, del cual somos miembros, cada uno con dones y carismas al servicio de todo el Cuerpo para su edificación en el amor (Cf. Ef. 4). El Apóstol siempre afirmó la primacía de la unidad y la caridad sobre los demás carismas (Cf. 1 Cor 13 y 14), pues aunque proceden del mismo Espíritu, son dones al servicio de la edificación del único Cuerpo de Cristo, el cual crece hacia su plenitud en el amor (Cf. Ef 4).

    129. Elemento esencial de la Iglesia como comunión y como sacramento es su dimensión jerárquica. En la Iglesia existen diversos ministerios con unidad de misión. A los apóstoles y a sus sucesores Cristo les confirió la función de enseñar, santificar y gobernar en su propio nombre y con su autoridad.

    130. Desde el comienzo de su ministerio, Jesucristo instituyó a los Doce. Elegidos juntos, también fueron enviados juntos y su unidad fraterna está al servicio de la comunión de todos los fieles. Por eso todo obispo, - sucesor de los apóstoles -, ejerce su ministerio en el seno del colegio episcopal, en comunión con el obispo de Roma, sucesor de San Pedro, jefe del colegio y fundamento visible de la unidad.

    131. Los obispos han confiado legítimamente la función de su ministerio en diversos grados a diversos sujetos en la Iglesia. La función ministerial en grado subordinado fue encomendada a los presbíteros para que sean colaboradores necesarios del Orden episcopal. Por ello, los presbíteros deben ejercer su ministerio en el seno del presbiterio de la diócesis bajo la dirección de su obispo.

    132. Los diáconos participan también de la dimensión jerárquica de la Iglesia ya que reciben, por la imposición de las manos, la gracia para realizar un servicio. El sacramento del Orden los marca con un sello que nadie puede hacer desaparecer y que los configura con Cristo servidor de todos.
     

    Vivir el misterio de la Iglesia universal en la Iglesia particular

    133. Toda la riqueza de este misterio de la Iglesia una, santa, católica y apostólica -expresión de la comunión trinitaria en la historia-, se hace presente en la Iglesia particular o diócesis; por tanto, el misterio de la comunión se vive en la iglesia particular. El que, como católicos, comprendamos y vivamos cada vez más el misterio de la Iglesia universal, en y a través de la comunión y participación con la Iglesia particular, deberá ser una labor prioritaria de los agentes de pastoral, en especial de nosotros los obispos.

    134. En este sentido, la experiencia del misterio de la koinonía de la primera comunidad cristiana, que nos relata el libro de los Hechos de los Apóstoles (Cf. Hch 2 y 4), es y será siempre el modelo de vida cristiana al que estamos llamados todos aquellos que hemos encontrado a Jesús en el camino de la vida. En dicha comunidad se vivía permanentemente:

    135. Este será siempre el modelo inspirador y rector de la Iglesia que, vivido y compartido en fraternidad por el obispo, sucesor de los apóstoles, su presbiterio y los creyentes, forma la koinonía, la iglesia local o diócesis, la cual, a su vez, en la comunión con el Vicario de Cristo y los demás sucesores de los apóstoles, forman la Iglesia universal.
     
     

    2. Reconocimiento de la situación actual

    Nuestra realidad eclesial

    136. La riqueza doctrinal del Concilio Ecuménico Vaticano II, ampliada en posteriores documentos del Magisterio y adaptada en las Conferencias Generales del Episcopado Latinoamericano a la realidad de nuestros países, ha generado planes, proyectos, procesos y actividades pastorales de gran riqueza espiritual, según las necesidades y capacidades de cada Iglesia particular. Se ha hecho un esfuerzo enorme por poner en práctica las enseñanzas conciliares; gran número de diócesis del país cuentan con planes de pastoral y prácticamente todas tienen comisiones pastorales referidas a los tres ministerios fundamentales.

    137. No es tarea fácil comprender y describir los inmensos valores que caracterizan a la Iglesia en México. Se trata de una realidad compleja que contiene logros pastorales importantes y esperanzadores pero, por otra parte, aspectos deficientes y preocupantes. Sin embargo, la variedad de modalidades locales y regionales constituye parte de la riqueza espiritual de la Iglesia en México y funge como aporte al continente americano y a la Iglesia universal. Su raíz la constituye el multiforme misterio de Cristo, presente a través de la buena semilla de la primera evangelización y de los procesos evangelizadores posteriores.

    138. En contextos distintos, la Iglesia enfrenta de maneras diversas los desafíos pastorales. Algunas de estas respuestas se circunscriben a ciertas comunidades y diócesis. Sin embargo, también se perciben desafíos pastorales comunes de las Iglesias particulares a lo largo y ancho del país.T

    139. odo esto constituye los retos y los frutos de una Iglesia viva, que hace suyos los gozos y las esperanzas, las preocupaciones y las angustias de sus hijos e hijas, comprometidos con el Evangelio y con las enseñanzas del Concilio Vaticano II y del Magisterio.
     

    La pluriformidad y la diversidad: elementos constitutivos de la comunión eclesial

    140. Vista en su conjunto, la Iglesia en México es una institución que posee credibilidad por su autoridad moral, su pensamiento y sus valores. Se percibe necesaria para el progreso de la nación, especialmente por su sentido de la vida y de la esperanza, por su amor a los pobres, por su capacidad educativa y por el testimonio heroico de sus miembros en muchos ambientes. De este modo podemos valorar mejor la relevancia y la responsabilidad de ser la Iglesia con mayor número de fieles en el país, y la segunda Nación con más católicos en el mundo.

    141. La variedad y riqueza de experiencias pastorales de la Iglesia en México, nos lleva a la necesidad de reconocer un hecho actual que, aunque siempre ha existido, no se había señalado con suficiente claridad como constitutivo de nuestra identidad católica en México: somos una Iglesia unida, pero múltiple en sus modos de vivir y expresar la fe. Se trata de los matices que distinguen a las comunidades en el país y por tanto, de la riqueza de la diversidad